domingo, 9 de agosto de 2015






“Oprime la máscara el cuerpo ubicuo
de las lágrimas”:
la poesía de Wafi Salih
Eva Guerrero Guerrero
Universidad de Salamanca
Plenitud
de los sentidos
tocan
la transparencia
Wafi Salih M. (Los cantos de la noche)

Para leer a Wafi Salih hay que llegar impregnados de pureza y
atentos al susurro y al fulgor de lo que se esconde tras lo apenas
revelado. Wafi Salih es poeta y es ésta una condición vital, visceral,
de vigilancia continua y atenta a los contornos de aquello que
apenas se nombra. Wafi Salih toca y redescubre, de ahí que el
epígrafe del que partimos contenga muchos de los elementos
claves que definen su poética. La lucidez y la desnudez de vivir
como poeta vertebra su ya amplia producción literaria que se inicia
con Los cantos de la noche (1990), al que le siguen Las horas del aire
(1991); Pájaro de raíces (2002); El Dios de las Dunas (2005); Huésped
del alba (2006) que reúne su poesía en el ámbito del haikú hasta ese
momento (compuesta por Huésped del Alba, A los pies de la noche
y Caligrafía del aire). También dentro del haikú recientemente ha
aparecido su libro Vigilia de huesos (2009).
Wafi Salih ha apurado muchos registros, el poema de frase
certera y afilada, el poema en prosa o el haikú, de hecho ésta es una
de las formas esenciales en su trayectoria, forma que señala intuiciones,
destellos. Pero, ¿cómo acercarse a la poesía de Wafi Salih?
Sin duda alguna, dejando de lado las clasificaciones escolares y
reductoras. Wafi Salih no surge en rebeldía con ninguna generación
anterior, para introducirnos en su poesía tomo prestadas las palabras
del crítico y poeta venezolano Luis Alberto Crespo:
398 Encuentro de escritores venezolanos
Ella es Wafi Salih. Una poeta que […] ha hecho vida continua con
la poesía callada, escrita al borde en la línea del resplandor. Desde
siempre se ha tenido atenta a su escritura (está entre los que son),
en voz baja, averiguándose en y a través de ella, mirándose vivir
como ese diálogo ontológico entre el espejo y nosotros frente a lo
escrito. Es por eso que no hallamos en su obra falsía alguna, pues
es el resultado de un indeclinable fervor por mostrarse, por salir a
confesarse en cada motivación, cada imagen, disponiendo de lo que
estima necesario para salvarse del no ser: una docena de vocablos,
una escritura de punta, bastan para expresar el absoluto: ella es
Wafi Salih (Crespo 2002: 6-7).
¿Qué queda por decir después de estas palabras? Sin la menor
duda la certeza de estar ante una de las grandes voces del ámbito
venezolano actual, en cuya producción confluyen Oriente y Occidente,
dos mundos, dos lenguajes, y en esencia dos formas de estar
atento a “esa palabra esencial y única” -parafraseando a Guillermo
Sucre-, que nombra lo apenas intuido.
Desde sus primeros libros vemos a Wafi Salih “transfigurada
en la página, convertida y volcada en lenguaje” (Yepes Azparren
1990: 8). Es en el lenguaje donde la poeta se instala para acotar su
mundo, para definirlo y también para interrogarlo, para colocarse
frente a una realidad y tratar de definir sus contornos y sus fisuras.
La memoria ancestral aparece siempre: sus orígenes árabes y sus
anclajes venezolanos; en su recorrido mítico-existencial uno y otro
polo de su cultura se superponen continuamente para nombrar
una identidad desmembrada.
Sus dos primeros libros aparecidos en los años noventa, Los
cantos de la noche y Las horas del aire, muestran desde el principio
la condición de alienación del sujeto poético; de hecho a modo de
lamento comienzan sus primeros “Cantos” (Los cantos de la noche);
el primer poema, esencial en su estado de alma, lleva por título
precisamente “Extranjero” (dedicado al padre):
399
Extranjero
No encuentro
espacio para mi alma
enmohecida
Cada rincón
del mundo
me hace huésped
El corazón
sin raíces
me abandona
Me doblega
esta carrera
a ningún sitio
¿Regresaré
sin mí
a alguna parte? (Salih 1990: 11).
Los títulos de su primer libro son reveladores: “Soledad”, “Me
reconozco”, “Beduino”, “Arraigo”, “Walid”, “Desolación”. Desde este
libro es clave, sin duda alguna su raigambre árabe, de ahí el poema
que lleva este título:
Árabe
Tatuada
en mi sangre
como una señal
Me busca
en la noche
400 Encuentro de escritores venezolanos
como sierpe en los sueños
¿Dónde estará Dios? (12)
Ya en los primeros libros se hace evidente la síntesis, la gran
capacidad de evocación, la palabra contenida que estalla en el
poema en un fulgor que todo lo llena; los poemas surgen desde la
más extrema depuración. En su segundo libro sigue la presencia
de la noche y aparece ahora la del “pájaro” que será protagonista de
su siguiente libro. En todo momento se consigue rozar, evocar todo
aquello que no puede decirse a viva voz; la poeta se hace eco de un
mundo en que conviven muchas correspondencias que mueven un
sinfín de resortes. Encontramos poemas que rezuman otra forma
de acercarse al tiempo, títulos como “Vacío”, “Levedad”, “Frío”,
“Suicidio” (Me abandono/ Afuera/ una hoja/ ha caído” (1991: 15),
“Lejos”, “Hastío”, “Latido”, “Umbral”, “Cenizas” o el poema “Centro”,
que revela muchas de las claves de su mundo poético:
Centro
Una garra
sorprende
como un fuego
mis raíces
Vuelve
en mi sangre
movediza
Como un viaje
que a ratos
me desgasta (1991: 30).
Si avanzamos una década nos encontramos con su libro Pájaro
de raíces, en el que aparece de manera clara esa figura del pájaro
que, paradójicamente, desde el mismo título, alude a la libertad y al
Voces y escrituras de Venezuela 401
arraigo (“las raíces”), con lo cual se producen momentos efímeros
en los que se captan pedazos, formas de nombrar que atrapan
realidades fugaces. Hay en este poemario una proliferación de
títulos que hacen referencia a lo vivo y a todo aquello que tiene un
mayor contacto con la tierra (“Hoja”, “Tortuga”, “Volcán”, “El Grillo”,
“El sapo”, “Búho”, “Las ranas”, “Escarabajo”, “Gusano”, “Jardín”).
Además, en este libro ya se prefigura una de las formas de expresión
más importantes de la autora, como es el haikú; forma fulgurante
para atrapar la realidad; la manera más lúcida de nombrarla y
de contenerla: esa es quizás la tarea esencial de la poesía, la tarea, a
veces, de toda una vida.
Sin duda alguna la cumbre de la obra de Wafi Salih la encontramos
en el libro El Dios de las Dunas. Formalmente es fácil definirlo:
se trata de un libro compuesto sobre todo de poemas en prosa,
temáticamente no es un libro sencillo, en él se aloja un yo lírico
desgarrado que muestra de manera abierta y sangrante esa identidad
escindida, pero sobre todo nos encontramos con un sujeto que
establece revelaciones sobre el mundo con una palabra acertada,
afilada, precisa. Con el cuestionamiento sobre la identidad inicia
el primer verso “¿Quién puede en el rayo de la niñez distinguir dos
cielos?” (2005: 2). A partir de aquí nos situamos en el desarraigo,
en el abierto naufragio, y nos sentimos atrapados en un mundo
plagado de imágenes, que se tornan por momentos desoladoras,
en las que se hace más acuciante esa búsqueda de un centro y la
presencia de la escisión:
He negado mi destino. Plegaria en vuelo en la arena, rasga las
vocales de la fe, arrodilladas en la sangre. Vértice de un infierno
blanco, velo de seda, sacude las cimitarras […]
No sé que maldición sobre la roca astillada de mi vida, calcina
transparencias. (4).
El Dios de las Dunas, desde nuestro punto de vista es, lo que
podríamos llamar, un mapa poético; es un libro que condensa el
quehacer y el sentir de lo más profundo de la poeta; aunque ha
402 Encuentro de escritores venezolanos
habido libros anteriores y posteriores a éste, es en El Dios de las
Dunas donde nos encontramos con el sujeto lírico más desnudo,
aquel que nos apunta: “Nací hacia mi vida alumbrando derrotas.
Desvarío inclemente de una raza negada a las cumbres de su propia
claridad” (22). Es como si en este libro se vaciara la poeta entera, su
vida, sus vislumbres, su propia carnalidad y esa escisión de la que
hablábamos, que se mantiene: “Caracas, me encuentra una tumba
sobre un mapa del Líbano […]. He gastado como fósforos mis días.
Una pequeña estatua entre Beirut y Baalbak” (23).
En el libro hay elementos claves de la historia del Líbano, de sus
desgarros, vividos en buena parte en la distancia, pero que estremecen
al ser pronunciados. Este poemario contiene toda la savia
destilada del quehacer poético y vital de la autora; libro que alberga
muchas de sus claves, difíciles de deslindar sin acercarnos a su
mundo personal, a su origen árabe, a sus fracturas (a las fracturas
humanas), a su preguntada y buscada identidad:
Dios envejece cansado de salvación. Raíces estridentes afilan sus
sombras enloquecidas, asoma desde la esfinge de fuego ancestral
de mi pie nómada, como la arena el mundo paralelo de lo simple
derrama un vaso de hiel un ángel en la sangre.
Allí la noche evasiva de las tumbas bebe humilde su implacable,
violenta poesía. (Salih 2005: 42).
Sin duda alguna es el lenguaje el protagonista de este libro;
dentro de esa escisión de la identidad, sólo el nombrar el vacío, el
acercarse a esos momentos de rotura, nombrándolos, conjurándolos,
puede recomponer esa identidad escindida:
Hoy la costumbre de ver es sólo eso, posar los ojos por los ecos de
la luz ceniza. Doméstica claridad a orillas de un abismo amado, esta
falseada imagen que soy, frente a mí misma, esto que desconozco en
el espacio de una oración sin fe. Me ausenta alguien que me piensa.
Voces y escrituras de Venezuela 403
Hermana de Aarón, retorna en mí el dátil de la casa de Lot, rota e
inmóvil visión de gloria no nacida. ¿Quién sabe qué lugar del alma
bautiza la memoria? (7).
De ahí que la definición de la poesía que hace Octavio Paz
contenga, sin duda, la poesía Wafi Salih:
La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono […] ejercicio
espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este
mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla, une.
Invitación al viaje; regreso a la tierra natal […]. Plegaria al vacío,
diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación
la alimentan. […] Arte de hablar en una forma superior; lenguaje
primitivo […] Locura, éxtasis, logos […] Analogía: el poema es un
caracol en donde resuena la música del mundo […] el poema es una
careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza
de toda obra humana!” (Paz 1999: 41-42).
La poeta nos devuelve imágenes centelleantes, presididas por
ese embrujo evocador que procura el lenguaje; se vuelve en este
libro más espiritual si cabe; las imágenes centellean en el abismo de
la del blanco, y se convierten “temblor”, “inmensidad” que explota
en el espacio limitado de la página: “Letra soy deslizada sobre el
follaje íntimo del blanco. Busco mi sombra esquiva en el ajeno
paisaje de escribir, en la furia de un dolor generoso, fatigado” (Salih
2005: 18). “Ruinas”, “insomnio”, “declive” “abismo” forman parte de
un mosaico poético que nos descubre esa identidad perseguida y
cuestionada: “[…] Entré en la intemporal plenitud de mis ocho
años contenidos, a Orillas de una tarde de domingo con forma de
universo. […] ¿Será cierto que existo? ¿Acaso mis raíces son sangre
del canto anudado a los cedros? La memoria hace nacer de nuevo y
lo que fuimos prende su impermanencia” (6).
Además de El Dios de las Dunas, el ámbito en el que destaca
por encima de todo Wafi Salih y donde despliega toda su maestría
es en el haikú: fórmula poética que la autora utiliza en sus últimos
404 Encuentro de escritores venezolanos
libros y donde sin duda alguna se produce la mayor explosión y el
mayor destello; la forma donde se condesa la esencia más íntima
de la poesía de Wafi Salih, la que nos transmite una honda revelación,
el asombro hecho palabra. El haikú es, desde su larga tradición,
una poesía que despliega elementos altamente visuales. Su
poesía germina en la síntesis, en la palabra depurada, con atento
cuidado para imprimir en los versos el destello más prístino. Ya
en estos primeros poemas surge la presencia del silencio, de la
meditación, el “desarraigo”, y el anhelo de libertad, aventura de la
palabra a la búsqueda de un centro que es siempre el que anida en
otra parte, arrebatado diálogo con un entorno, que se vuelve cálido
por momentos y doloroso en otros. La meditación forma parte de la
trama vital de esta poeta que en este despojarse asume una actitud
frente al mundo de “beduina” en las lindes de un desierto, que físicamente
está en el ámbito árabe, pero también espiritualmente atraviesa
las fronteras de Venezuela. Desde sus primeros libros palpita
enteramente la fuerza que recorre toda su producción: la palabra
justa para nombrar una realidad apenas intuida, la búsqueda de las
raíces, y en este punto, sin duda alguna, el sentir del mundo árabe,
que recorre sus venas y que impregna toda su poesía, palpitando en
cada uno de sus versos.
El cultivo del poema que hace Wafi Salih es muy especial en
la última poesía venezolana, la contención, el “temblor” de lo que
nos rodea, la respiración; esa vivencia continuada en el espacio del
poema la lleva a ocupar un lugar claramente destacado en lo que
se refiere a una de las experiencias más singulares y lúcidas que
podemos encontrar hoy en el panorama de la poesía venezolana.
La “sorcellerie évocatoire” de la que hablaba Baudelaire constituye
la esencia de Wafi Salih; su poesía es desnudez llena, desnudez
cargada de fulgor y revelaciones que nacen de lo más próximo a
las entretelas del alma; parafraseando a Guillermo Sucre podría
decirse que Wafi Salih escribe “con palabras que tienen sombra
pero no dan sombra”, dejando caer la máscara y mostrando la
transparencia. Sus poemas son astillas verbales arrancadas sobre
un fondo de silencio. Oriente y Occidente se entrecruzan, a veces
Voces y escrituras de Venezuela 405
dolorosamente, en el cuerpo de los poemas que son el cuerpo del
sujeto lírico que se desgrana y se desangra; en la página que exhala
una reverberación de tiempo y de memoria entrelazados en las

palabras precisas, en el vórtice de la página y del abismo.

sábado, 8 de agosto de 2015




Cielos Descalzos 

"Cielos descalzos, de Wafi Salih, publicado en 2009 por El perro y la rana, un libro escrito en clave de haikú, que es una misteriosa forma lírica oriental formada por tres versos y que habla de forma sintética sobre temas diversos, en especial sobre la naturaleza.

La poesía fresca y lúdica de Wafi Salih es un regalo amoroso para los niños que leen poemas como estos: de una infinita belleza donde lo simple es plenitud, donde se respira esencia".
                                              Laura Antillano

domingo, 2 de agosto de 2015

EL DIOS DE LAS DUNAS

           




                                                                                                                                 Ramón Ordaz.
                                          
 Wafi Salih: Querida y distinguida poeta,  no sé por dónde empezar; son dones del misterio, tal vez; resurgencia de un espíritu común que deja en nuestro puerto equipaje tan delicado, más comprometedor aún cuando no somos aduaneros, sino, como tú, pasajero también de esas islas del hombre, las palabras. Debo decirte que los títulos de tus libros son conmovedoramente poéticos, sobre todo Las horas del aire y Pájaro de raíces. Quisiera leerlos, por lo que te agradezco me los envíes. Si están agotados, hazme llegar aunque sea una fotocopia. ¡Qué decir de El dios de las dunas!, otro hallazgo de título y, gracias a que he podido leer los fragmentos que me enviaste, he asistido al encuentro de una poesía deslumbrante. El poema en prosa en Venezuela ya tiene una sólida tradición, propiciada ésta a partir de las tres joyas literarias que nos dejó José Antonio Ramos Sucre y en cierto modo el poeta Ramón Hurtado, a quien nuestra palabra prepara un homenaje. Hemos leído buena parte de lo escrito como poema en prosa en nuestro país, digamos, entre otras, la Antología que preparó el desaparecido Julio Miranda; sin embargo, debo decirte, sin que de por medio haya el clásico bombo, que la factura de los tuyos me resulta impactante; tu voz se mueve con soltura, gracia y acendrado lirismo en la iluminada franja del poema en prosa.
Ignoro qué hay en tus libros anteriores, pero en El dios de las dunas advierto una definición de tu poesía; esa distancia objetivada que busca mostrar aristas del prisma del ser. ¿Cómo abordar, criatura, esos poemas lacerantes? Son tuyos, es lo terrible, porque transita por ellos la llama viva de tus antepasados. Todo abordaje se desvanece ante la imponencia de esa voz recóndita que evidencia los nexos con ancestrales raíces. Tus poemas en prosa doblegan la mirada del lector, conducen a pedir permiso ante un posible juicio, porque has creado, Wafi, un clima lírico, esa distancia especular que irradia toda poesía. Cada fragmento de El dios de las dunas es un desafío de la palabra poética. Si alguien está tras las huellas de Ramos Sucre en Venezuela, esa eres tú en estos textos. Tensos, bien ceñidos, tus poemas descorren un velo al visitante que absorto queda ante infranqueables columnas y una voz resonante que emerge desde las profundidades del cosmos interior. Imágenes fuertes, concatenadas al soplo de las urgencias de nuestro tiempo. “¿Quién ha roto el aire?” . Una señal del trígono Aéreo de la Casa de Géminis. El poema imprimiéndose en vastas constelaciones; pero lanzado a la página, cautivo en ella como irremediable pasión. El aire es libre, pero en él oprime; escuece, tal vez, el inevitable tránsito nuestro por el maleable, metamórfico territorio de El dios de las dunas: “Comienza el incendio del aire pájaro de la forma desnuda es espacio habitado por el fuego” Dios purificador, el fuego es una de esas formas infinitas de la manifestación de Dios; autónomas formas de expresión, mientras el hombre, agotado en la vastedad de sus propias palabras muerde el polvo de todas las derrotas. Dices: “¿Cuál óxido hizo carne mi fe?” y la respuesta sobreviene de ti, de la exhausta esperanza de los antepasados en una ritual fantasmagoría que ironiza al tiempo devorador: “Sobre la alfombra desliza el mundo la costumbre ancestral de calmar en el humo del café la eternidad derrotada del insomnio”. Impera, entonces, el desaliento y cabizbajos, sin horizonte la mirada, nos vemos transcurrir milagrosamente por este presente y volvemos a esa constelación de incendios que contiene cada poema tuyo. Como de entre Las formas del fuego ramosucreano, se instaura enérgico el gong de tu palabra, implacable, desahuciado ante destinos inevitables. Y te cito de nuevo: “¡Herida de estar aquí!, invisible, vuelta a mi, fatigo el discurso del aire, la imposible risa en la ola elástica de sus lágrimas, donde disputan los perros los restos de la noche, como una carta escrita para nadie”. Vuelve el aire, virginal aire geminiano bajo la potestad de un yo que busca escurrirse, lleno de soledad huir hasta del comercio de los hombres como Timón de Atenas, como Ramos Sucre.
La dualidad, la numinosa como castigadora dualidad está en la entraña de El dios de las dunas. Inconcebible un dios oscuro, inerte, frío, muerto; todo dios emite luz, no importa que enceguecedora, fulminante. Todos dios es dios de luz en la batalla de los ángeles y, aunque haya sido derribado como Lucifer, algo parece indicar contrariamente que hay más luz en los ínferos que en los cielos. Luz, al fin, El dios de las dunas exhibe su refracción, su fallida ascensión al reino de los hombres. Su patética luz no une, sino que escinde; muestra de tajo la partición del mundo. Dicen que Mahoma cercenó la luna en dos. El dios de las dunas no tiene Meca ni templos, pero nada impide que arroje las monedas de la discordia en esos descampados donde alguien, una penitente poeta, enciende sus oraciones con la llama de la poesía. Géminis lleva el escozor de esas heridas. De su seno vienen los irritantes extremos: “...el velo de sal flotante entre cielo y desierto”; “Noche en dos pedazos, Dios mutilado por su distancia”; “los pies fijos sobre la alfombra de la tienda de Omar y Alí”; “Allí, Gemela, luz y sombra, en otra con este cuerpo mío, desde antes de nacer...”.Entronización del mito universal de los gemelos que desde Cástor y Pólux, Simeón y Leví hasta el nahualismo americano patentizan esa identidad conflictiva de lo dual. Nos impregnamos de Beirut, ayunamos durante el Ramadán, invocamos a Ismael, a Mahoma y sus mujeres hasta la agraciada Fátima, en este singular peregrinaje de la poesía, mientras la sed tantálica nos sumerge en el agua que “lee el ébano profundo” y nos sobrecoge la nostalgia porque “La casa de los jazmines sufre la melancolía de los pájaros ciegos” bajo el hechizo de ese nervio particular tuyo, vaso comunicante con la poesía de Ramos Sucre. No descansa el ejercicio de volver sobre tus poemas, leer en tu sangre, nuestra sangre –“rubí sin matices” que “dimensiona un retórico esplendor suicida”- y esto, querida Wafi, exige de nosotros recuperar los engranajes de todas las palabras perdidas.

No es nada gratificante vivir escindido; tolerar la apariencia de unidad para, poder así, lograr la virtual inserción en el universo de los otros. Por suerte la vida no reserva a todos un mismo destino y valga aclarar que la muerte no es un destino, es un final. Desde el más vulgar de los itinerarios hasta la más ornamental o pobre hacienda, el destino se mueve entre lo posible y lo probable. En ese ínterin, en unos más, en otros menos, la conciencia de sí, el surgimiento del espíritu crítico que abomina de la masa y asume su soledad de corpúsculo, de errante materia, ocurre que se desgarran, se vuelven jirones desde la deshumanizada modernidad todos los supuestos de felicidad que secularmente ha prometido la tradición judeo-cristiana-islámica, por tan sólo citar las más cercanas a nuestra pertenencia cultural en Occidente. ¿Cómo negar que somos herederos de las tres? ¡Qué poblada soledad la nuestra en estos escenarios! División, subdivisión desde el protozoario hasta esa compleja química pluricelular del hombre moderno, que poco o nada los distingue en su origen biológico. Los conocimientos, la ciencia y la tecnología no son más que excrecencias; igual se diría de la perla respecto a la ostra, del diamante respecto al carbón, de las islas oceánicas respecto a los litofitos. Excrecencias, excrecencias. Entre una y otra escisión u otredad, cursa como milagro y redención el espíritu, la poesía. Si Géminis padece, padecemos con él; al fin y al cabo, mitad de mitades, la ruina siempre es inminente. Sorprende que el signo menos solitario del horóscopo nos evidencie más bien, luz en las oscuridad planetaria, la prístina soledad de los otros.

WAFI SALIH: A LA SOMBRA DEL LLANTO ANTICIPADO



Luis Alberto Angulo


“Con el índice de una lágrima” de Wafi Salih, poeta venezolana de origen libanés nacida en Trujillo y radicada en la ciudad de Barquisimeto, donde ha ejercido durante años su profesión como docente en literatura hispanoamericana, he sentido el ardor expresivo, la pasión vital y al mismo tiempo, el equilibrio de la palabra derramándose amorosa entre la angustia y la zozobra de su propia impotencia frente a la dura realidad que destroza el mundo y la tierra de sus mayores. 

Sin menoscabar un ápice la calidad de su obra previamente publicada, este poemario suyo de madurez creadora, hurga con gozoso asombro en lo más profundo del lector empedernido y al mismo tiempo esperanzado, que se planta más allá de un especial desafío intelectual, al espléndido decir de la poesía, un género tan reacio a definiciones y parcelas como de dificultoso logro, incluso, para sus más aguerridos oficiantes.

No puede ser sino el lenguaje quien desde el inicio de la lectura atrapa la atención y libera  parcialidades de cualquier índole. El texto titulado “Nosotros” puede dar cuenta  de  lo antes anotado antes de proseguir la posible función aproximativa de esta nota - que de forma noble fue requerida por su autora -, veamos:

Ruje un tigre / al fondo / de este día //  Exhalan / los espejos / un indecible fuego / de navajas // Liberan en un adiós / su vacío en los rincones // Batallas sin héroes del destino // Absorbo la amargura / de todas las noches juntas // Esta ráfaga de infierno que es la vida // Donde ha sido / repetidamente avara / la felicidad / conmigo

El texto de contundente conquista y desoladora imagen, señala mucho de la geografía espiritual de la casi totalidad del poemario de Salih (Con el índice de una lágrima. Ediciones Rótulo, San Felipe El Fuerte, diciembre de 2012),  el cual puede asumirse en nuestra perspectiva lectora como un mismo poema de intersecciones y circularidades ocupado por una misma esencia y un mismo desvelo.

En Cenizas, también lo expresa así: “La angustia nos lee / somos un poema inconcluso.  la referencia geográfica del poema es análogamente aplastante a la espiritual, en Mapa del Líbano la voz de la memoria dicta estos versos: “…/… Imagen de barro en los pensamientos // Soy en ti / ¿torso de la mañana / o testamento del dolor?” La voz que surge de las entrañas de este canto es la voz de un pueblo y la poeta realiza su Escrito en círculos: “Salgo de tus manos país del alma / Casa de espinas habitada en nosotros”.

En Beirut “Donde vivo / herida de mí”, ella habla “en el alfabeto / íntimo de una lágrima” pues “escribe con letras invisibles sobre el espejo del aire” y respira y se anega en “La rosa que al mirarla habito”, pues su irreverente plegaria inquiere con dolor “¿Cuántas tumbas hay en el pecho de Dios?” y en un himno de agua se impugna: “Quien grita / golpea sin saber tanto cielo”, para concluir al final, en la constelación de abismos y punzantes premoniciones que: Escribe a la sombra del llanto anticipado. Querer hasta el infinito habitar el mundo poéticamente desgarra, no obstante, la imposible “alma de piedra” de los ángeles centinelas sobre las calles de Gaza, mudos del alba frente a la “pesadilla / en los restos / de la memoria”.

Este libro de Wafi Salih es un testimonio amoroso por la patria de sus padres que es la misma suya en ese sentimiento. Es asimismo una denuncia y el doloroso reclamo lleno de sentido de la poesía frente a la cruel irracionalidad de nuestro tiempo y del combate de los pueblos frente a la opresión, y cuanta estructura denigrante y opresiva intente subyugarles. Son poemas sencillos y llenos de belleza formal en los que su creadora no se toma licencias en contra de su propio ars creativa. Van enfilados, no obstante, por un decir inédito en la obra hasta ahora publicada de la poeta. Un decir aferente a su creación anterior al cual accede en virtud de la atención y apertura de su mismo afán expresivo marchando de manera inevitable al encuentro del decir abierto y comprometido hacia a donde advierto, pudiera conducirse a partir de ahora.

La aparente sencillez de su complexión no exime la complejidad y elevación a la que la poeta ha debido enfrentarse, por el contrario, resultan un desenlace y una ruptura hasta alcanzar el vuelo expresivo que poseen. No son únicamente el logro de una legítima intención, algo ineludible se ha gestado antes pues no hay gratuidad en sus imágenes y el tono corresponde a una experiencia vital igualmente ineluctable.


Wafi Salih es una poeta culta y conocedora de las corrientes poéticas de nuestra actualidad. De tendencia minimalista, ha cultivado también, entre otras formas tradicionales, el Haikou japonés. En estos textos se siente resonar levemente la imagen fulgurante de aquella expresión, no obstante,  un serio aporte reside en su deseo  y necesidad de revelar y sugerir al mismo tiempo la búsqueda de sentido para oponerse al caos y a la entropía del huero formalismo verbal. Denunciando así la insípida retórica como negación del tiempo de la poesía, es decir al de la vida sin ambigüedades reclamando la absoluta presencia del decir. 

EL DEVELAMIENTO DE LO OSCURO


                                   
                                          

                                                                                                                             Gabriel Jiménez Emán


José Antonio Ramos Sucre ha sido uno de los escritores venezolanos menos comprendidos durante la época en que escribió, justamente porque se alejó de las tendencias elementales de la poesía romántica, de la imitación neoclásica o modernista (o de su contrario, el válido rechazo vanguardista), e intentó, con el instrumento de la prosa, escuchar una voz propia para auscultar en su yo doloroso. Incluso muchos llegaron a no considerarlo poeta porque no escribía versos. Se nutrió, sí, de las concurrencias menos típicas del romanticismo inglés o alemán, de su lado fabulante y mítico, para narrar a la vez que cantar, glosar a la vez que monologar. Siendo su voz atemperada a los rigores del trópico solar de Cumaná, que le siguieron hasta su muerte en Ginebra, supo beber de fuentes occidentales que le proporcionaron una cultura literaria         –acaso precoz-- de clásicos leídos en sus lenguas originales, mostrando así una capacidad asombrosa para descender a sus abismos personales, con una lucidez que podríamos calificar de aterradora.
Aunque ya Julio Garmendia y Fernando Paz Castillo habían anunciado su magisterio de prosista en las primeras décadas del siglo XX, fue después, cuando escritores como Carlos Augusto León y Francisco Pérez Perdomo, en sendos prólogos, nos anunciaron su gran poder innovador. Después, a partir de la década de los años 70, ensayos como los de Cristian Álvarez, Víctor Bravo y Pedro Beroes, contemporizaron su obra en libros enjundiosos y encomiables, que abrieron nuevos compases interpretativos para releer su obra. El siglo XX se cerró en Venezuela y América haciendo un casi unánime reconocimiento a su obra como a uno de los legados capitales de la literatura nuestra, aún cuando algunos no se sumaran o ignoraran este veredicto.
Ahora, en el siglo XXI, tenemos a una sensibilidad femenina ocupándose de una valoración del gran cumanés, juntando unos instrumentos poco comunes en el reto de aproximación a tal obra literaria: una sensibilidad incandescente y una serenidad en el juicio, que no excluyen visos de exaltación. En este libro. Ser en Ramos Sucre, Wafi Salih se ha propuesto adentrarse en la amargura innata de este poeta, dejándose llevar por la sensualidad que anida en toda mirada poética vivificadora (apenas debo decir que Wafi es una de las destacadas poetas venezolanas de hoy, con una obra afincada en la síntesis, y voz propia que hinca como dardo revelador), para llevar a cabo este develamiento desde la experiencia del mal, incluyendo a esa otra sensación de estar fuera del mundo que siempre embargó el ánima de Ramos Sucre para, desde ese límite, ir al encuentro de claves que rodean el Yo lírico del poeta, valiéndose de varias apoyaturas conceptuales que hacen más denso su trabajo, en el sentido de justipreciar  sus oportunas citas, las cuales realizan un aporte sustantivo a este proyecto. Por ejemplo, las apoyaturas en Oscar Wilde, Martin Heidegger, Ling Yutang o Rainer María Rilke no son meras referencias caprichosas o vanamente eruditas, sino basamentos  acoplados de manera natural a lo que la autora desea hacer ver; en este caso el develamiento in crescendo de una condición existencial signada por un fatum. En el capítulo intitulado “La crítica como creación”, Salih intenta expresar justamente esto: la imposibilidad de acercarse al poeta como no sea por la vía sensible, la cual permite realizar transposiciones estéticas o intercambios simbólicos mediante vasos comunicantes hacia lo germinativo. Lo logra con creces, pienso, si se toman en cuenta las ideas sugeridas en el capítulo siguiente, a donde nos remite la ensayista mediante una crítica desprejuiciada,  cuando considera al lector esencialmente un amante que, como todo amante verdadero, se entrega con apasionado éxtasis a su sujeto amatorio, quien a su vez correspondería entregar una similar intensidad afectiva.
A medida que avanzamos en el entresijo de las ideas dispuestas en este libro, nos damos cuenta de que Wafi está llevando a cabo un ejercicio hermenéutico; ha venido colocando espejos de ideas en su propio camino para que éstos reflejen no imágenes precisas de sí mismas, sino para sumar pequeñas luces al gran cerco del aparecer, a esa visión última que sólo tendrá arraigo si se toma en cuenta el elemento oscilante de la conciencia hacia lo órfico, la supranaturaleza, hacia algo situado más allá de la comprensión deductiva o analítica propia de la ciencia; antes, se coloca en un estrato (o mejor, en varias capas superpuestas) de un territorio abonado por la luz, el aire, el agua o el viento: elementos vueltos sonidos, olores, imágenes, gustos o escarceos táctiles que nos van conduciendo al centro de una obra rica en leyendas y mitos, capaces de hacernos viajar más allá de lo circundante, más allá, incluso, de lo escrito.
Introduciendo más adelante el elemento dionisíaco como método del conocer, Wafi Salih nos hace ver cómo lo oscuro forma parte de toda obra de arte que se precie de serlo, y cómo lo tenebroso es polo necesario para la comprensión de la humana naturaleza, donde la experiencia poética, en el caso de Ramos Sucre,  no es puramente verbal, sino visionaria, y vendría a ser parte fundamental de una disconformidad con la literatura de su tiempo no sólo por el reto estético que comporta, sino por el contexto histórico de donde surge en Venezuela: el autoritarismo de Gómez y sus secuelas represivas.
 En varias partes de su obra, Ramos Sucre hace alusión a esta circunstancia, directa o indirectamente (es un maestro de lo elusivo), pues si otra característica observamos en esta obra es que se permite hacer digresiones acerca del existir humano como parte de un filosofar mayor, usando los personajes del caso; en este sentido, su célebre Preludio vendría a ser una suerte de prefiguración de su propia naturaleza: la de ser destinatario de un  particular e inevitable pathos.
Creo que este aspecto dionisíaco ha sido poco frecuentado en los estudios que se han realizado sobre Ramos Sucre, y ahora Wafi pone énfasis en ello para cerrar su ensayo, y situarse luego en un plano interpretativo sobre el mal tal como lo entendió Charles Baudelaire. En  este caso, el mal no viene a ser lo malvado o lo diabólico, sino un elemento         que desmonta la estructura de la formalidad vacía de lo entendido por “sociedad”, (el bien, supuestamente), y por ende de la hipocresía y el ocultamiento burgueses, y exponiendo, por contraparte, el legado de lo popular raigal, de la fuerza afirmativa de lo celebratorio interno humano, en diálogo con el afuera cotidiano sin necesidad de intermediarios, valga decir: del funcionamiento simultáneo de la doble faz institucional. Este gesto me parece muy acorde con el carácter alucinatorio de buena parte de la obra de Ramos Sucre, poblada de personajes que ejercitan sus poderes más allá de lo natural: emperadores, viajeros errantes, mandarines, asesinos, orates, demiurgos, reyes atribulados  o princesas enajenadas vienen en cada caso a mostrarnos, a través de monólogos o meditaciones, cómo puede diezmarse la conciencia rutinaria para ofrecernos otros territorios de alucinación, de imprecaciones  o de vaticinios inesperados. No olvidemos que Ramos Sucre, al final de su camino, se convirtió también en una suerte de personaje del mundo que creó en su literatura; un ser enfermizo y delicado en extremo, prendado hasta el delirio de una prima suya, un insomne al límite de su enfermedad; un hombre confinado por la incomprensión de su tiempo a sufrir una soledad radical que hubo de convertirse, por vías de una catarsis de la escritura, en un ideal de belleza.
Todo ello lo sabe Wafi Salih, y es quizá lo que ha deseado decirnos en este pequeño gran libro.


Gabriel Jiménez Emán

EL DIOS DE LAS DUNAS: canto a los ancestros


“Breves fueran mis días entre vosotros
 y aún más breves las palabras que he dicho”

Khalil Gibran

David Figueroa González

Desde temprana edad he sentido cierta fascinación por el Medio Oriente, creo que ello es quizás el fruto de las historias fascinantes que me deslumbraron en mi infancia, relatos  provenientes  del libro Las mil y una noches, esos cuentos  eran el centro de mis juegos, e incluso soñaba con algún día poder pisar esas tierras y bañarme de sus milenarios saberes.

Ya adolecente, cuando disfrute el libro El alquimista  del escritor brasileño Pablo Coelho, volví gracias a la magia del verbo  a esos parajes distantes, regresé a caminar en las dunas y a refrescarme en los ojos de las misteriosas mujeres árabes, ojos-oasis para las almas, también comprendí que el peregrinar del hombre por esas tierras lo compenetra con el desierto y de esta manera el desierto cobra vida  y se hace hombre.

Gracias a los encantos de la  amistad y al poder de los medios electrónicos, llegó a mis manos el poemario El Dios de las dunas de la escritora Wafi Salih, en él disfrutamos  de un  canto lírico, eco de un país que ha quedado atrás y sin embargo aún se lleva en la memoria, como los nómadas que de sus viajes guardan mil caminos. En las líneas del poema “Una raza gime en mi nacimiento” encontramos estos elementos que despiertan añoranza:

“Una raza gime en mi nacimiento. Vocales indefensas trazan el infortunio donde mi padre cansado de nacer, amuralla sobre el rostro la monótona humildad de las tardes enfermas.         
Nativa de un país mío y desconocido, sostengo la noche en la sangre con piedras en la frase más ida. Allí, el aire levanta para siempre una canción deshecha.”

El lenguaje simbólico es el crisol que permite al poeta alcanzar el Alma del Mundo, o como lo denominó Jung  el “inconsciente colectivo”, el cual le facilita al creador deconstruir y construir nuevos cosmos, más humanos y cargados de imágenes almáticas-melancólicas, de tal manera,  en los párrafos de  “La ausencia puebla las horas” la autora nos hace sentir parte de su tradición:

“La ausencia puebla las horas con piedras pardas, grises,  melancólicas,  hasta dolerme. He nacido continuidad de la sombra viva, devuelta en cualquier parte. Aspiro el matiz alucinante de las nubes ambarinas.  
                                           
Textura de monóxido en la piel de la rosa, sin cesar agita sus pétalos sobre la compleja, sólida y cruel arquitectura. Esta ciudad crea brumas: bien pudiera llevar mi nombre.”

El Dios de las dunas nos sumerge en un mundo cargado de sentimientos y pasiones, allí la escritora muestra la piel de su alma, canto metafísico que dibuja un pueblo orgulloso de su historia, paciente y guerrero, donde también logramos descubrir “claves de la historia del Líbano” en tal sentido, en los versos de “Luz en derrota  la noche”  observamos ese espíritu aguerrido:

“Luz en derrota  la noche, vacía de mal su humana permanencia.

Anuda a la frente del verdugo, al norte y al sur en oleadas de abismos, un canto traslúcido de hondos designios.

El aire abnegado de las mezquitas en el alma, con el suplicio heredado por los hijos, en las cuencas rasgadas de plegarias.
                              
Suspende una cimitarra, al revés del Corán, donde la candidez solar de un Sufí, balancea una lección de fe: “Los dientes del peine de un tejedor, son todos iguales, los hombres blancos y negros, árabes y no árabes”…modula sobre la raya descendida del cielo el peso deplorado de una misma muerte.”

Este poemario contiene en  esencia un mundo milenario trazado con  amor, en el gravita parte del origen árabe de la artista, donde  ella resalta en varios poemas  los ojos como imagen poética,  utilizándolos en varios versos  como símbolo de conocimiento y percepción sobrenatural, en tal sentido Jean Chevalier manifiesta: “Los ojos simbolizan de  hecho un órgano de la visión interior y por tanto una exteriorización del ojo del corazón.” tal es el caso de “Regreso a ti”, donde los ojos rememoran  soledad y reflexión:

“Regreso a ti en  el círculo  estremecido del árbol melancólico de tu acento.  Abona una salubre oración en su raíz de astro, sucumbe al ajeno corazón de Dios.
                     
La noche descuelga tumbas de voces nómadas, épocas aún vivas, se extienden mas allá de los huesos del día, en un país de soles devastados, sin más pájaros que tus ojos remotos. Allí,  apoya la casa primigenia, sumisa y presente, sin límites hacia mí.
                                                             
Miro, escucho, sólo a oscuras como el alma mística de las piedras, nacidas lentamente en las tinieblas hondas de gastada intemperie.”

La figura de los pájaros según algunas culturas encarnan el pensamiento,  la imaginación y  la relación con el espíritu, en este sentido, en el Diccionario de los símbolos de Hans Biedermann, puntualizamos  que también representan “la fuerza que ayuda al hombre a hablar reflexivamente y le induce a meditar muchas cosas antes  de que se conviertan en un acto radiante”; por lo que en las líneas de “Tragedia de seres lastimados” reforzamos esta visión  mística, espiritual e introspectiva:

“Tragedia de seres lastimados en la sílaba fija en una lágrima, en el  victorioso  desamparo.
                                       
Beirut sin faz, largo tiempo en la memoria sofoca de soles secretos de llama helénica la profética luz de los pájaros desterrados, una y otra vez, como una maldición.”

Otra imagen recurrente en el poemario es la luz,  luminosidad  que se relaciona con el verbo, con la radiación espiritual que emana de un corazón que ha encontrado paz y a través de este signo le rinde tributo a sus ancestros, vinculando luz-conocimiento, luz-amor, en este sentido, el evangelio de Juan nos ofrece lo siguiente:   “El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.”En los estrofas de “Afandi. Mientras el universo bebe”, vemos presentes esos rasgos:
       
“Afandi. Mientras el universo bebe las formas irreverentes del dolor, en el cuerpo sin sitio de las   palabras, tu  Arguili, sumerge en un himno de patria  taciturna el  infinito.

Lleva  en  los espectros  serpentinos  de  la  llama                      letras dictadas en el agua, por el  signo  de  una  luz  exacta.
                                     
  Ciudades y olivos contemplo en imágenes de osada inocencia,  lágrima remota donde todo hombre es un niño huérfano.”

La lingüista argentina Ivonne Bordelois afirma en su obra La palabra amenazada: “La poesía es la criatura   más excelsa del lenguaje… En ella reside  toda crítica”, de tal manera, descubrimos en El Dios de las dunas  una mujer-verbo que  nos entrega su aliento bañado de metáforas radiantes, regidas por el hechizo sugerente que procura el lenguaje;
 
 Letra soy deslizada sobre el follaje íntimo del blanco. Busco mi sombra esquiva en el ajeno paisaje de escribir, en la furia de un dolor generoso, fatigado.
El escritor mexicano Octavio Paz sostiene que: “El poema, sin dejar de ser palabra e historia, trasciende la historia”,  razonamiento este que vemos presente en las hojas de El Dios de las dunas,  allí su autora nos presenta poemas-crónicas, camellos que nos trasladan al encuentro familiar, mesa donde sirve sus poemas alimento del espíritu, sal de la imaginación; en la composición “Un instante en la altura” meditamos con este viaje anímico y emocional:


“Un instante en la altura imperceptible del canto. Sabor a pan, aceitunas, poesía roja íntima geografía de la granada.  La casa de mi padre,  órbita sin dimensión, antes que nunca fue pasado, “Hashem es Dios”, “Alá es Dios”, “Jesús es Dios”, siglo tras siglo, deseo sin cuerpo, en el letárgico zafiro del cielo. La fe, esa maldición.”